
Amado Dios, en esta noche de lunes vengo a ti con el corazón cansado pero agradecido. Reposa conmigo, Dios compasivo, y que nada turbe mi descanso. No quiero dormirme con rencor ni con angustia en el alma. Que tus ángeles velen junto a mi cama.
Esta es la palabra que llevo en el corazón: susúrrame palabras de bendición. Te pido que me guíes y me cuides, pues conoces mi vida y lo que necesito. Háblame al corazón con palabras de bendición y sabiduría, toma mi mano y llévame por caminos convenientes. En el silencio de esta noche quiero escucharte. Durante el día hubo demasiadas voces a mi alrededor y quizá no supe distinguir la tuya. Ahora, en la quietud, te pido que me hables al corazón con esa voz suave que consuela y orienta. Hazme instrumento de tu paz en mi trabajo.
Gracias por la ropa que me abriga; es una prueba de que piensas en mí. Bendito seas por los dones que pusiste en mí, que llega a mi vida como el canto de un ave. Nada de esto lo merezco: la esperanza que no se apaga, la memoria de quienes me enseñaron a orar, todo viene de ti. Te alabo porque nunca me ha faltado la fe que mantienes viva en mí. Mi corazón se alegra al recordar los abrazos sinceros.
Siémbrame sabiduría y arranca de raíz la impaciencia. Aleja de mí la preocupación por las deudas y dame la alegría de los que confían en ti. Enséñame a pedir perdón y a perdonar de verdad. Susúrrame palabras de bendición que borren las palabras duras que escuché hoy. Dime que me amas, que no estoy solo, que mis esfuerzos valen la pena. Y dame la sabiduría que necesito para entender lo que viví y para prepararme para lo que viene.
Que mi hogar sea como el fuego que calienta el hogar para todo el que llegue. Haz de nuestra casa un lugar donde se respire fidelidad. Bendice a mis ahijados, Dios cercano, y cúbrelos con tu amor. Gracias por mis nietos; enséñame a amarlos mejor. Une a mi familia con lazos de paciencia y perdón.
Consuela a los que sufren violencia como el fuego que calienta el hogar. Dame un corazón atento para ayudar a quien tenga cerca. Tú escribes mi historia con más amor del que imagino. No temeré, porque tú vas conmigo.
Me abandono en tus brazos como un niño en el regazo de su madre. Guarda mi descanso en este lunes que termina, Rey de mi corazón. Que mi último pensamiento sea una alabanza para ti. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
